La verdad que no recuerdo cuánto tiempo llevaban estos pastelitos en mi lista de "pendientes". Hace un tiempo mi madre estuvo en Portugal y como souvenir me trajo un par de Pasteis de Belem.
Sí, habéis leído bien: me los trajo como souvenir.
Porque, con todos mis respetos, ¿para qué narices quiero yo una figurita de un gallo, un imán (que se sumaría a una amplia colección) o un plato de cerámica artesano? Que sí, que son cosas muy monas y tal y cual. Pero que acaban cogiendo polvo en una balda o en el trastero y en una de esas limpiezas generales compulsivas acabas tirando a la basura.
Así que en mi familia somos más de regalar cosas para disfrutar, vamos, que se coman. Sobre todo dulces típicos y una amplia selección de quesos.
